Las economías son demasiado resistentes para que el Estado Islámico las destruya

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El terrorismo tiene su propia lógica; fomenta un miedo excesivo que no iguala el peligro que representa. Pocos días después de los ataques en París, es difícil nombrar los negocios que fueron escogidos por los terroristas. Los lugares públicos — el teatro Bataclan y el Stade de France — son memorables. Los cafés y bares del este de París — Le Carillon, Comptoir Voltaire, La Belle Equipe — no eran, en sí, simbólicos. Eran simplemente lugares para que las personas se reunieran.

A pesar del terrible derramamiento de sangre, los ataques tampoco tuvieron un impacto físico profundo en la estructura de la ciudad. Hay ventanas rotas y algunos daños ocasionados por las bombas, pero París sobrevive, en gran parte, como antes. Desde el punto de vista de los trastornos ocasionados en la infraestructura física o en la economía — los suministros de energía, las comunicaciones y las cadenas de suministro de Francia — el Estado Islámico (EI) podría haberse evitado la molestia.

El modelo de funcionamiento transnacional de Al Qaeda se ha comparado con el de una franquicia global: su marca es adoptada por grupos semiindependientes que organizan y llevan a cabo sus propios ataques.

A juzgar por París, el EI prefiere subcontratar. Desde su cadena de suministro de armas de calidad militar hasta la planificación transfronteriza de las explosiones, funciona como una multinacional. “Diseñado en Siria. Fabricado en Bélgica” podría ser su eslogan. Sin embargo, el impacto económico de los terroristas islamistas — quienes están obsesionados con ocasionar tantas muertes como les sea posible — suele ser mínimo, aparte del que tiene sobre el turismo y los viajes. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron poco efecto a largo plazo después de los US$90 mil millones iniciales en daños. La crisis financiera de 2008 y el terremoto de Japón de 2011, los cuales interrumpieron las cadenas de suministro globales, fueron más poderosos.

El número de personas fallecidas en París fue alto, pero el impacto financiero fue menor incluso que el de una explosión accidental en una planta química alemana en 2012. Este accidente ocasionó la muerte de dos trabajadores y detuvo la producción de una resina utilizada en partes de frenos y combustible, lo cual a su vez causó la escasez de suministros para los fabricantes de automóviles estadounidenses y europeos.

Sólo por esta razón, el discurso del presidente francés François Hollande acerca de la guerra contra el EI es erróneo. El EI ha formado un estado dentro de Siria e Irak mediante el control de la industria petrolera en el interior de sus territorios, pero su ‘marca’ transfronteriza de terrorismo no es bélica. Matar seres humanos es terrible, pero no es suficiente en una guerra: hay que destruir la infraestructura y deteriorar los suministros, como hicieron los nazis en la década de 1940 al bombardear los muelles al este de Londres.

El terrorismo islamista — que a mediados de la década de 1990 sobrepasó las tendencias de insurrección izquierdistas en las que las industrias y los líderes empresariales a menudo eran los objetivos primarios — no hace eso. Más bien trata de provocar un choque de civilizaciones fomentando el terror. Más allá de la mordaz retórica sobre “atacar la capital de la prostitución y el vicio” en París, el EI reconoce una realidad: que desearía destruir la economía francesa, pero no puede.

Como declaró el profesor Todd Sandler de la Universidad de Texas, quien estudia los efectos económicos del terrorismo: “Ellos pueden asustarnos a morir, pero no parecen tener mucho impacto económico”.

Es en parte una cuestión de escala. La mayoría de los ataques terroristas, incluso los de París, son a pequeña escala y localizados: si no estás cerca de donde ocurren en el momento preciso, no corres peligro. También es un reflejo de la capacidad de recuperación de las economías modernas diversificadas. Existen algunos “cuellos de botella” en la infraestructura de energía y comunicaciones, pero la mayoría están bien vigilados; los blancos terroristas fáciles son menos importantes económicamente.

Con el fin de crear daños a largo plazo, el terrorismo tiene que ser sostenido, concentrado y dirigido hacia un área pequeña. Se calcula que la producción de la región vasca de España se redujo en 10 puntos porcentuales debido a una campaña separatista de 20 años, la cual fue dirigida en gran parte — a diferencia del terrorismo islamista — a objetivos industriales.

Los ataques de París pueden mellar la economía de Francia y la de otros países de Europa si los gobiernos responden — como amenazan algunos — restableciendo los controles fronterizos y debilitando el acuerdo de Schengen que permite la libre circulación de personas y mercancía. Ciertos economistas de Citigroup advirtieron esta semana acerca de “una creciente reacción en contra de un elemento clave de la globalización”.

Al EI le agradaría este resultado como un efecto económico secundario de su ofensiva religiosa, pero no es un hecho. Los ataques como el del World Trade Center y los atentados con bombas contra los trenes en Madrid en 2004 no redujeron el crecimiento en el comercio mundial. La disminución del crecimiento comercial — el cual se redujo a 3 por ciento en 2013 en comparación con un promedio de 7.1 por ciento de crecimiento entre 1987 y 2007 — tiene otras causas.

La causa más significativa, según un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI), es una nivelación en la fragmentación de la cadena de suministro y en el “ir y venir” de los componentes industriales después de un crecimiento prolongado en la subcontratación de fabricación por parte de EEUU y Europea a China y Asia. La globalización no se detuvo a causa del terrorismo o del proteccionismo comercial, sino porque había alcanzado su límite.

El terrorismo tiene su propia lógica; fomenta un miedo excesivo que no iguala el peligro que representa y es una campaña de mercadotecnia para los reclutas. Hace lo que sus planificadores desean. Pero en comparación con fenómenos naturales como terremotos, y con las fluctuaciones de la industria y el comercio, incluso los ataques de gran magnitud son económicamente menores.

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