Colorado pelea por poner fin a las “terapias de conversión de homosexuales”

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El día anterior a la fecha en que había planeado suicidarse, Brad Allen tuvo una especie de epifanía. Era septiembre de 2012. El entonces pastor de 31 años del Estado de Colorado llevaba años escuchando a terapeutas y líderes espirituales decirle que desear a las personas de su mismo sexo era una enfermedad y que podía curarse.

«Mi vida era un desorden y yo me sentía tóxico para los demás. Tenía planeado suicidarme y estuve a punto de hacerlo», recuerda el hombre nacido en Denver. «Pero se me cruzó este pensamiento: ‘No eres tóxico’. Y eso provocó algo en mi interior mucho más profundo que todo lo que me habían enseñado en terapia».

Allen, que hoy es abiertamente homosexual y trabaja en una ONG, comparte su historia con la esperanza de inspirar a los legisladores para que aprueben este mes una ley que prohibiría las «terapias de conversión de homosexuales» en menores de edad.

A pesar de que tratar de cambiar la orientación sexual de una persona es una práctica ampliamente cuestionada por ser dañina y peligrosa, los miembros del Partido Republicano de Colorado y grupos religiosos conservadores se han manifestado contra la prohibición y es probable que logren anularla.

«Terapia reparadora»

Repitiendo afirmaciones homófobas hace tiempo refutadas por los científicos, los legisladores republicanos y los grupos que apoyan la «terapia reparadora» argumentan que sirve para que las personas de la comunidad LGBT vivan vidas heterosexuales. Si sus esfuerzos rinden sus frutos y logran frenar la aprobación del proyecto de ley, los profesionales del Estado continuarán exponiendo a los jóvenes homosexuales a una metodología que, según los defensores de la comunidad y los psicólogos, puede llevar a la depresión y al suicidio.

La batalla legislativa podría tener repercusiones nacionales por el resto de Estados Unidos. Algunas de las personas que se oponen a las terapias y que ya pasaron por ellas contarán ante los legisladores cómo fueron enviados por sus padres a Colorado desde diversas partes del país para someterse a esta controvertida terapia que, a largo plazo, puede generar efectos negativos en la salud mental.

«Sentía que era esta especie de humano partido por la mitad, buena para nada, y que no merecía el amor de nadie; fui cayendo lentamente en una larga depresión».

Colorado Springs es una ciudad con una alta concentración de grupos cristianos evangélicos y es el cuartel general de Focus on the Family, una organización conservadora que por sus campañas de publicidad se ha convertido en una de las principales defensoras de los derechos de los terapeutas y su llamada «campaña de reorientación sexual».

Según Paul Rosenthal, el diputado por el Partido Demócrata de Colorado que propuso el proyecto de ley, «hay terapeutas y profesionales en salud mental del estado de Colorado que están provocando un perjuicio enorme a los niños». Su proyecto se aprobó en un comité legislativo esta semana y aguarda la votación en el hemiciclo de la Cámara de Representantes.

«Siguen con la idea de transformar a una persona en algo que no es», asegura Rosenthal, que se define como homosexual. «¿Por qué debemos condenar a una persona a pasar su vida entera sintiendo culpa y vergüenza?»

Se espera que el senado de Colorado, controlado por los republicanos, bloquee el proyecto de ley antes de que llegue al gobernador. Hace poco, en una audiencia del comité, los republicanos interrogaron a un grupo de expertos en psicología y a personas de la comunidad LGBT llevando las preguntas a un terreno que los defensores juzgaron como desconsiderado y ofensivo.

La diputada republicana, Kathleen Conti, comparó la homosexualidad con el alcoholismo. Para demostrarlo, preguntó a los psicólogos contrarios a la terapia reparadora si ayudarían a un menor que acudiera a ellos con el deseo de sobreponerse a una adicción.

A Conti también le preocupaba que el proyecto de ley impida a los profesionales ayudar a los menores de la comunidad LGBT que quieran «compartimentar» y suprimir los deseos sexuales con miembros del mismo sexo. Según la republicana, si se aprobaba la ley esos menores ya no podrían acercarse a un terapeuta y decirle: «Siento que tengo estos deseos homosexuales, pero sé de manera innata que quiero tener hijos biológicos».

Sara Musick, de 33 años, cuenta cómo tras declarar su homosexualidad, ella y sus padres en Virginia se pusieron de acuerdo para que viajara a Colorado Springs y se sometiera allí a una terapia de conversión por intermedio de Focus on the Family. La experiencia la dejó marcada durante años: «Sentía que era esta especie de humano partido por la mitad, buena para nada, y que no merecía el amor de nadie; fui cayendo lentamente en una larga depresión».

Musick aún vive en Colorado Springs. Está casada con una mujer, tiene dos hijos, y está escandalizada por las declaraciones de Conti. Implican que ella y otras personas son un fracaso por no completar de forma satisfactoria la terapia de conversión. «Me hizo recordar mucho del dolor que sentí», asegura.

Durante una entrevista, Conti defendió sus declaraciones y dijo que no era homófoba. Según la republicana, los que apoyaban el proyecto eran «heterófobos» por proponer una ley que impediría a los jóvenes homosexuales que quieran vivir una vida heterosexual conseguir ayuda.

«Tengo muchos amigos que son homosexuales y que amo incondicionalmente, pero siento que hay un sector de la población que tal vez tenga este tipo de deseos y sin embargo no quiera vivir de esa manera sino seguir un camino diferente en su vida; tienen derecho, ya sean adultos o menores, de buscar su felicidad», sostuvo.

Según Jeff Johnston, especialista en el tema de Focus on the Family, su organización no cuenta hoy con profesionales matriculados para brindar las terapias reparativas, pero tiene la capacidad de derivar a las personas con «sexualidad no deseada» a profesionales que sí ofrecen estos servicios.

Para Johnston, el testimonio de los que responsabilizaron a la terapia de convertirlos en potenciales suicidas no tiene peso como argumento: «Solo porque la práctica de una terapia no funcione para una persona, no quiere decir que debamos prohibirla para todos.