El escándalo de corrupción en Brasil está llegando a su auge. Han pasado 29 meses desde que los fiscales independientes comenzaron Lava Jato, o lavado de autos, la investigación sobre el amplio esquema de sobornos en Petrobras. Desde entonces, decenas de hombres de negocios han sido juzgados por inflar contratos con el sector público mediante los cuales defraudaron hasta US$13 mil millones de la compañía estatal de energía. Hasta 50 legisladores, de todo el espectro político, están bajo investigación. El escándalo de corrupción también contribuyó a acelerar la destitución el mes pasado de Dilma Rousseff, la ex presidenta. Sin embargo, como sucede con todos los buenos dramas, el desenlace explosivo se ha quedado para el final.
El miércoles, los fiscales federales acusaron al ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva de encabezar la “sobornocracia” en Petrobras. El motivo de las acusaciones, que él niega categóricamente, es un presunto intercambio de favores entre el Sr. Lula da Silva y la compañía constructora OAS. El Sr. Lula da Silva sigue siendo el político más popular de Brasil y las acusaciones son un duro golpe para las esperanzas del héroe de izquierda de un regreso en las elecciones presidenciales de 2018. La situación ha enardecido aún más a los partidarios del Partido de los Trabajadores, muchos de los cuales ya han salido a las calles para protestar la destitución de la Sra. Rousseff.
Pero aún hay más. Apenas dos días antes, los legisladores también votaron por expulsar a Eduardo Cunha del congreso. El Sr. Cunha, el ex presidente de la cámara baja, fue el cerebro detrás de la destitución de la Sra. Rousseff. Desencadenó ese proceso el año pasado después de que el Partido de los Trabajadores de la Sra. Rousseff se negara a protegerlo de las acusaciones de ocultar millones de dólares en una cuenta bancaria en Suiza.
Despojado de su inmunidad parlamentaria, el Sr. Cunha ahora puede negociar sus cargos a cambio de una sentencia menor. Decir todo lo que sabe es otra fuente potencial de inestabilidad. Algunos de los colegas del Sr. Cunha en el congreso se refieren a él como “la bomba de tiempo caminante”.
No es casualidad que estos hechos hayan sucedido ahora. Los legisladores esperaron a que el congreso aprobara la destitución para expulsar al Sr. Cunha. Mientras tanto, los fiscales federales esperaron a tener pruebas suficientes para acusar al Sr. Lula da Silva. El hecho de que esto ocurrió dos semanas después de que la Sra. Rousseff fuera destituida de su cargo demuestra inteligencia política por parte los fiscales federales brasileños constitucionalmente independientes. El Sr. Lula da Silva era demasiado poderoso como para acusarlo antes. Sin embargo, eso no significa que los cargos tengan motivos políticos.
Nada de esto es especialmente útil para el presidente Michel Temer. Enfrenta airadas protestas en las calles. Existe la posibilidad de que el Sr. Cunha, su antiguo colega, implique a su gabinete, o incluso a él mismo. Además, el repunte bursátil de casi un año de duración se ha estancado a causa de las preocupaciones de que el Sr. Temer tendrá dificultades para lograr la aprobación de su paquete de reformas. Sin esas reformas, el ya elevado nivel de deuda pública de Brasil seguirá creciendo. La inflación se mantendrá alta, lo cual limitará la posibilidad de reducir las tasas de interés, que actualmente se encuentran al 14.25 por ciento. Aunque hay algunos indicios de que Brasil se está recuperando de la recesión más larga de su historia, la economía necesita toda la ayuda que pueda obtener.
La investigación Lava Jato no va a ayudar en ese sentido. Sin embargo, a largo plazo, encierra la promesa de un país que sufre de mucha menos corrupción flagrante. Ha demostrado que nadie en Brasil está por encima de la ley, y que el sistema judicial tiene mucho que enseñarles a otros países, especialmente del mundo emergente. El Sr. Temer debe dejar que la investigación siga su curso. Su impulso actual es tal que él no podía detenerla aunque quisiera.
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